Tajinastes azules en la orilla del cielo
Tajinastes azules en la orilla del cielo
En las laderas de Tenteniguada, donde la tierra se alza hacia el susurro de las nubes, los tajinastes azules flanquean el sendero como antorchas vivientes, encendidas por el latido de la primavera. Erguidos en un silencio majestuoso, sus espigas floridas desafían al cielo, mientras los caminantes avanzan entre bruma y claridad, peregrinos de una belleza sobrecogedora.

El suelo rojo, aún húmedo por el beso reciente de la lluvia, cruje bajo las botas. Alrededor, un océano de flores silvestres: escobones que aromatizan el aire, amapolas que tiemblan como brasas efímeras, morgallanas tímidas en su refugio entre los musgos, y cañahejas que se despliegan al sol como brazos llenos de vida. Por estos senderos de riscos y laderas, de roques que emergen entre la niebla, se camina con la mirada colmada de asombro y el alma abierta en plenitud.
Aquí, el paisaje no solo se contempla: se respira, se escucha, se siente en lo más hondo. El viento acaricia la piel con una ternura antigua, como si trajera mensajes de otro tiempo, de una tierra que ha aprendido a florecer entre barrancos y volcanes. Los tajinastes, con su azul imposible, parecen custodiar un secreto: el de una isla que se reinventa cada primavera, a pesar del fuego y la sequía, del olvido o la prisa.
Caminar entre ellos es recorrer también la historia viva de Gran Canaria. Desde tiempos ancestrales, los habitantes de esta tierra han mirado al cielo desde sus laderas, han nombrado las flores, han celebrado los ciclos que permiten este renacer efímero. Los senderos que hoy recorren los caminantes modernos fueron antaño caminos de pastores, de recolectores de plantas, de gentes que tejían con la naturaleza una relación de respeto y pertenencia.
Las nubes, que aquí parecen bajar del cielo para descansar sobre la tierra, envuelven a veces el sendero en una niebla densa que todo lo disuelve, salvo la certeza de estar en un lugar sagrado. Y cuando se abren, dejan ver la inmensidad azul del océano, ese otro horizonte que abraza la isla con sus brazos de espuma.
El camino de los tajinastes azules…
Caminos de tajinastes azules, de colores que trascienden los nombres, de nubes que acarician la piel como plegarias, de paisajes que parecen arrancados de un sueño sublime. Así florece Gran Canaria, en la orilla del cielo, donde el alma se expande y los paisajes se transforman en versos y melodías. Es un espectáculo fugaz, sí, pero por eso mismo más valioso: como todo lo que no se puede poseer, solo agradecer.



